El presente artículo no tiene otra intención que la de
clarificar algunos conceptos sobre como entendemos la educación en el ámbito de
la opresión y qué actuaciones pedagógicas son las adecuadas, ya que debido a la
complejidad de esta práctica provoca dudas y lagunas que carecen de
objetividad, cayendo en una ambigüedad desconcertante.
Así pues, es conveniente aclarar algunas afirmaciones. El
educador no enseña, no tiene como finalidad transmitir unos contenidos
cerrados, ni tampoco conviene tratar de que los educandos de adapten a la
sociedad, a la realidad. Este es un aspecto que cree la gran mayoría. No es así.
Nuestra labor como expertos en educación, es saber principalmente qué significa
esta. La educación debemos entenderla como una práctica procesual que dura toda
la vida y que tiene como finalidad la liberación de mujeres y hombres y la
humanización de los mismos. Partiendo de esta premisa, el/la educador/a debe
ponerse al mismo nivel que los educandos, es decir, un trato horizontal, y no
vertical. De esta manera se educa al mismo tiempo que también está siendo
educado el propio educador. Sólo así conseguiremos una práctica pedagógica
real, de otra manera se fomenta la “educación opresora”, que mantiene a los
educandos sin el poder de la palabra, obligados a adaptarse a lo que ya hay.
Pero la Educación no debe velar para la adaptación en el mundo, si no por su transformación. Por
ello es un proceso constante, continuo y de todas las personas, en comunión. No
se puede entender un proceso educativo de manera individual, sin compañeros y
trabajo en grupo, ya que provoca alienamiento y destrucción social a largo plazo.
Y me viene de lujo este argumento para manifestar que, evidentemente es para
llorar el sistema educativo actual en España, que precisamente no es muy
educativo, es un sistema “enciclopédico”, “encasillador” y por consiguiente
alienante y opresor. No es casualidad
que los críos se sientan frustrados cuando van a la escuela o simplemente no
tengan ganas de ir. Tal y como está montado este “chiringuito” es para eso y
más, luego se les culpa a ellos con términos como “fracaso escolar”, “abandono
preventivo”… ¡Qué injusto y qué duro!. No me gustaría que, por sentir la
opresión dominante y pensar diferente, no encaje en un sistema hermético
inflexible donde me preparan para el mercado laboral y enciman me llamen
fracaso. Fracaso por no almacenar toda esa información “¿relevante?” en mi
cabeza y no obedecer dócilmente las directrices de unos profesores que me
“¿enseñaban?” cosas que nunca entendí, porque no la contrastaba en mi contexto,
o simplemente porque no se reconocía mi manera de ver el mundo, mi manera de
ser, de sentir, de pensar o de vivir. Por todo ello llaman fracasos a muchos
educandos.
Una verdadera práctica pedagógica, basada en el diálogo, los interes
personales y comunes, los anhelos y la reflexión de todas y cada una de las
personas que forman parte de ese proceso, no estaríamos hablando de tales
fenómenos. Pero aquí nos empeñamos en seguir alineándonos, en tomar el camino
más fácil, el “que piense el otro por mí”, “que me den el trabajo hecho”,
“¿esta página entra en el examen?” . Definitivamente me frustra. Parece una
broma de mal gusto que nunca se acaba. Y es uno de los grandes problemas de la
sociedad: todo el mundo sabe que los médicos, curan. Los educadores, educan.
¿Educan? ¿Sabemos realmente lo que es educar, lo que significa y lo que otorga?
Aquí volvemos a la cuestión del principio: la ambigüedad y la subjetividad con
la que se determina. Aquí todo el mundo opina sabe del tema, (aunque no sepa
nada). Realmente nadie sabemos nada, al menos con absoluta certeza. Un
problema, otro más. Muchas personas no creen que hagan falta educadores para
educar, ser padres ya basta.
Para educar hace falta una virtud tan simple pero
tan dificil de lograr como es escuchar. La gente está acostumbrada a oír, pero
no a escuchar, es decir, prestar atención, comprender la situación y empatizar
con el que habla. Escuchar es un acto de solidaridad y humanidad. Para aprender
a escuchaer, se necesita predisposición, sobre todo humildad. Sin ella la
educación será imposible, ya que la práctica pedagógica no será horizontal,
porque no se escucha al otro, y se
intentarán imponer criterios, cayendo de esta manera de nuevo en la opresión y
alienamiento de aquel que su soberbia y arrogancia le impide escuchar y
comprender, como el que tiene una venda en sus ojos, pero en sus oídos. Se
produce en última instancia la deshumanización.
Dicho esto, si una sociedad con un sistema capitalista
revaloriza y prioriza aspectos relacionados con el mercado, como único fin, y
la economía, se convierte por esencia en un sistema no basado en las personas,
que dejan de ser sujetos del mundo, convirtiéndose en objetos a merced del
materialismo imperante en el sistema. Se pierde la esencia humana y se asesina
la educación en sí misma. Ya que ésta no tiene sentido en una sociedad donde los
valores humanos están en segundo plano, y las capacidades están al servicio de
las demandas mercantiles. De esta manera, se mantiene el tipo de educación
necesaria para mantener el sistema tal y como está montado. ¿Todo tiene un
precio?. La respuesta es no, y esta contradicción provoca autodestrucción si se
toma conciencia de la situación opresora en la que estamos inmersos.
Me gustaría concluir esta reflexión, invitando a todos los
lectores a que tomen conciencia de la necesidad de liberación humana a través
de la acción verdaderamente educativa, en un intento de evitar que este mundo
siga caminando hacia el declive y la deshumanización que un día empezó a
producirse.
