jueves, 17 de octubre de 2013

"Un minuto de silencio por la Educación"


El presente artículo no tiene otra intención que la de clarificar algunos conceptos sobre como entendemos la educación en el ámbito de la opresión y qué actuaciones pedagógicas son las adecuadas, ya que debido a la complejidad de esta práctica provoca dudas y lagunas que carecen de objetividad, cayendo en una ambigüedad desconcertante.

Así pues, es conveniente aclarar algunas afirmaciones. El educador no enseña, no tiene como finalidad transmitir unos contenidos cerrados, ni tampoco conviene tratar de que los educandos de adapten a la sociedad, a la realidad. Este es un aspecto que cree la gran mayoría. No es así. Nuestra labor como expertos en educación, es saber principalmente qué significa esta. La educación debemos entenderla como una práctica procesual que dura toda la vida y que tiene como finalidad la liberación de mujeres y hombres y la humanización de los mismos. Partiendo de esta premisa, el/la educador/a debe ponerse al mismo nivel que los educandos, es decir, un trato horizontal, y no vertical. De esta manera se educa al mismo tiempo que también está siendo educado el propio educador. Sólo así conseguiremos una práctica pedagógica real, de otra manera se fomenta la “educación opresora”, que mantiene a los educandos sin el poder de la palabra, obligados a adaptarse a lo que ya hay. Pero la Educación no debe velar para la adaptación en  el mundo, si no por su transformación. Por ello es un proceso constante, continuo y de todas las personas, en comunión. No se puede entender un proceso educativo de manera individual, sin compañeros y trabajo en grupo, ya que provoca alienamiento y destrucción social a largo plazo. 

Y me viene de lujo este argumento para manifestar que, evidentemente es para llorar el sistema educativo actual en España, que precisamente no es muy educativo, es un sistema “enciclopédico”, “encasillador” y por consiguiente alienante y opresor.  No es casualidad que los críos se sientan frustrados cuando van a la escuela o simplemente no tengan ganas de ir. Tal y como está montado este “chiringuito” es para eso y más, luego se les culpa a ellos con términos como “fracaso escolar”, “abandono preventivo”… ¡Qué injusto y qué duro!. No me gustaría que, por sentir la opresión dominante y pensar diferente, no encaje en un sistema hermético inflexible donde me preparan para el mercado laboral y enciman me llamen fracaso. Fracaso por no almacenar toda esa información “¿relevante?” en mi cabeza y no obedecer dócilmente las directrices de unos profesores que me “¿enseñaban?” cosas que nunca entendí, porque no la contrastaba en mi contexto, o simplemente porque no se reconocía mi manera de ver el mundo, mi manera de ser, de sentir, de pensar o de vivir. Por todo ello llaman fracasos a muchos educandos. 

Una verdadera práctica pedagógica, basada en el diálogo, los interes personales y comunes, los anhelos y la reflexión de todas y cada una de las personas que forman parte de ese proceso, no estaríamos hablando de tales fenómenos. Pero aquí nos empeñamos en seguir alineándonos, en tomar el camino más fácil, el “que piense el otro por mí”, “que me den el trabajo hecho”, “¿esta página entra en el examen?” . Definitivamente me frustra. Parece una broma de mal gusto que nunca se acaba. Y es uno de los grandes problemas de la sociedad: todo el mundo sabe que los médicos, curan. Los educadores, educan. ¿Educan? ¿Sabemos realmente lo que es educar, lo que significa y lo que otorga? Aquí volvemos a la cuestión del principio: la ambigüedad y la subjetividad con la que se determina. Aquí todo el mundo opina sabe del tema, (aunque no sepa nada). Realmente nadie sabemos nada, al menos con absoluta certeza. Un problema, otro más. Muchas personas no creen que hagan falta educadores para educar, ser padres ya basta. 

Para educar hace falta una virtud tan simple pero tan dificil de lograr como es escuchar. La gente está acostumbrada a oír, pero no a escuchar, es decir, prestar atención, comprender la situación y empatizar con el que habla. Escuchar es un acto de solidaridad y humanidad. Para aprender a escuchaer, se necesita predisposición, sobre todo humildad. Sin ella la educación será imposible, ya que la práctica pedagógica no será horizontal, porque no se escucha al otro, y se intentarán imponer criterios, cayendo de esta manera de nuevo en la opresión y alienamiento de aquel que su soberbia y arrogancia le impide escuchar y comprender, como el que tiene una venda en sus ojos, pero en sus oídos. Se produce en última instancia la deshumanización.

Dicho esto, si una sociedad con un sistema capitalista revaloriza y prioriza aspectos relacionados con el mercado, como único fin, y la economía, se convierte por esencia en un sistema no basado en las personas, que dejan de ser sujetos del mundo, convirtiéndose en objetos a merced del materialismo imperante en el sistema. Se pierde la esencia humana y se asesina la educación en sí misma. Ya que ésta no tiene sentido en una sociedad donde los valores humanos están en segundo plano, y las capacidades están al servicio de las demandas mercantiles. De esta manera, se mantiene el tipo de educación necesaria para mantener el sistema tal y como está montado. ¿Todo tiene un precio?. La respuesta es no, y esta contradicción provoca autodestrucción si se toma conciencia de la situación opresora en la que estamos inmersos.

Me gustaría concluir esta reflexión, invitando a todos los lectores a que tomen conciencia de la necesidad de liberación humana a través de la acción verdaderamente educativa, en un intento de evitar que este mundo siga caminando hacia el declive y la deshumanización que un día empezó a producirse.

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